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domingo, 17 de octubre de 2010

UN GOBIERNO, UN GOLPE. EL NACIMIENTO Y LA CAÍDA DEL SOCIALISMO CHILENO.

          A continuación se presenta un análisis de la situación política de Chile para los años de 1969-1973 en tres fases, la primera de ella se enfocará en una descripción del panorama político del país previo a las elecciones de 1970, habrá un segundo análisis que se realizará de lo que fue el Gobierno Salvador Allende y finalmente estudiaremos el golpe de estado que se le propina al "Visionario de Chile"
  1. Proceso pre-elecciones:
          Previo a las elecciones del 4 de Septiembre de 1970 hubo un reordenamiento en el mapa político del país. El partido Democracia Cristiana, conocido como el DC, tuvo un conflicto interno que divide a este grupo en tres bloques: el primero de ellos era el bloque que estaba encabezado por Rafael Agustín Gumucio y Rodrigo Ambrosio quienes proponían acelerar las reformas que Eduardo Frei estaba elaborando durante su gobierno a este grupo se le conocerá como el Movimiento de Acción Popular Unitario (MAPU). El segundo grupo de este partido político era el liderado por Julio Durán y Germán Pico Cañas y esté era un grupo radical y adverso al otro, este grupo se registrará como La Democracia Radical. Finalmente hubo un grupo de fieles que se quedaría apoyando al partido Democracia Cristiana y que respaldarían en los comicios electorales de 1970 al candidato Radomiro Tomic.
        
          Ambas divisiones políticas dentro de la D.C. ofrecieron su apoyo a las unidades del Partido Nacional (fusión del partido Conservador y el Liberal), y al grupo del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (fusión de todos los partidos comunistas, socialistas y partidos de izquierda).


          Ya definidos los problemas entre el partido político con mayor tradición de Chile, comienza la campaña política para los próximos comicios presidenciales a disputarse en Septiembre de 1970, muchos eran las promesas y los planes de trabajo que ofrecían los candidatos presidenciales a granel, pero sin duda alguna, el de mayor convicción era la propuesta de trabajo presentada por Salvador Allende, mejor conocida como "Las 40 medidas fundamentales", las cuales se poden resumir en:


  • Reajuste del salario mínimo en un 66%, y sueldo mínimo en 35%.
  • Congelamiento de precios de los artículos de primera necesidad.
  • Disminución de la cesantía.
  • Programa de construcción de viviendas
  • Control de la inflación
  • Estimulación de la producción Nacional.
  • Mejora de servicios estatales de salud.
  • Distribución gratuita de leche a infantes y escolares.
  • Creación de un sistema único de seguridad social.
  • Profundización en la ley de reforma agraria.
  • Nacionalización del cobre, salitre y carbón.
  • Estatización de grandes industrias de acero, cementos, compañía de teléfono y de la banca. 
          Se atribuyen a estás como las características más importantes del plan de gobierno propuesto por Allende a las cuales en un  futuro causarían gran impacto en el pueblo chileno.

     2. Elecciones y Gestión del Presidente:

          Las elecciones se llevan a cabo el día 4 de Septiembre de 1970 y el panorama político era muy cerrado, las posibilidades de victoria las tenía cada uno de los 3 candidatos que estaban en contienda en esa oportunidad. El ganador de esa contienda electoral fue Salvador Allende en representación de la Unidad Popular (UP) con 36,6% de los votos; seguido por el candidato de la derecha Jorge Alessandri con un 34,9% de los votos y finalmente en representación del partido Democracia Cristiana Radomiro Tomic con un 27, 8% de los votos. En vista de que el margen de votos obtenidos por Allende estaban por debajo de los votos establecidos por la constitución, tuvo que ser el Congreso quien eligiera al nuevo gobernante de la nación.


          No es hasta el 27 de Octubre de 1970 cuando el Congreso ratifica a Salvador Allende como Presidente ilegitimo de la República de Chile otorgándole 153 votos de los Congresistas. El 4 de Noviembre de ese año los ojos del mundo se posan sobre Chile para ser testigos de la entrega de poder al primer Presidente Socialista que llegaba al poder a través del voto.


          Lo primero que buscaba el Presidente recién electo era un gobierno de transición al socialismo, que consideraba proceder con cautela para no romper con las tradiciones democráticas del país, como también para no provocar un rechazo en las Fuerzas Armadas.


          Para asegurar el respeto a estos valores y para ser ratificado por el Congreso pleno como presidente de Chile, Allende tuvo que firmar un Estatuto de Garantías Constitucionales. A través de este, se comprometía a conservar libertades como las de enseñanza, prensa, asociación y reunión, y a indemnizar las expropiaciones contenidas en el programa de gobierno de la Unidad Popular.




          Posteriormente, este estatuto fue aprobado como reforma a la Constitución en 1971.




          Plan económico
          El gobierno de la UP propuso dividir la economía en tres áreas: social, donde las empresas de interés clave para el país pasaban a ser del Estado; mixta, en la que el Estado sería el principal accionista, y privada, formada por pequeñas empresas con bajos capitales.

          Ante el rechazo que el Parlamento puso para el traspaso de grandes empresas al Estado, el gobierno recurrió a un decreto de 1932, que autorizaba la expropiación de cualquiera industria considerada fundamental para la economía. Este recurso, conocido como resquicio legal, por el uso forzado de la ley, fue usado a menudo por este gobierno para imponer sus planes ante la oposición parlamentaria.

          En 1973, el Estado controlaba cerca del 80 por ciento del parque industrial del país y también muchos bancos fueron apropiados con el objetivo de estatizarlos.
          Nacionalización del cobre


          Un aspecto importante de la política económica de este gobierno era tomar el control de la gran minería del cobre, mineral considerado como el "sueldo de Chile". Sin embargo, antes de hacerlo, estatizó las compañías nacionales del carbón, creando la Empresa Nacional del Carbón (Enacar), en diciembre de 1970.

          El 11 de julio de 1971, el Congreso aprobó, a través de una reforma constitucional y por unanimidad, la nacionalización de la gran minería del cobre, cuyos grandes yacimientos eran, en su gran mayoría, propiedad de empresas estadounidenses.

          Un punto polémico se desató luego, debido a que el gobierno determinó pagar la indemnización correspondiente al "valor libro" a las empresas norteamericans, es decir, descontando las ganancias excesivas. En la práctica, esto significaba no cancelar monto alguno a dichas empresas. Estas, no obstante, pidieron el embargo de los embarques de cobre chileno apenas llegasen a sus destinos.
          Resultados negativos
          Durante el primer año de Allende, el plan económico, aplicado por su ministro de Economía, Pedro Vuskovic, arrojó cifras positivas: el producto bruto aumentó en un 8,6 por ciento; la inflación bajó un 12,8 por ciento; la cesantía llegó solo al 3,8 por ciento, y la producción industrial se incrementó en un 12 por ciento. Pero la emisión desmedida de dinero sin el respaldo del Banco Central causó una inflación mayúscula que, en 1972, llegó a un 140 por ciento y, en 1973, alcanzó al uno por ciento diario.

          Este panorama causó la aparición del mercado negro, donde se vendían productos básicos, como el arroz y harina, a precios mucho mayores que en el mercado normal, donde se transaban a un precio fijo. Junto con esto, muchas mercancías "desaparecieron" de los almacenes y supermercados. Así, finalmente, los consumidores debieron acostumbrarse a hacer largas filas o "colas" frente a los establecimientos comerciales, para poder obtener algunos productos.
          Violencia y paro
          En el período de la Unidad Popular aparecieron grupos, tanto de ultraizquierda como de ultraderecha, que realizaron atentados y acciones violentas en el país. Estas agresiones también se extendió al campo, donde solo en 1971 ya se habían expropiado más de dos millones de hectáreas, hecho que enfrentó a los campesinos contra los propietarios de las tierras.

          Entre las víctimas de esta agitación política estuvo Edmundo Pérez Zujovic, ex ministro del Interior de Eduardo Frei, asesinado el 8 de junio de 1971.

          Asimismo, la grave situación económica por la que atravesaba el país fue el detonante para que la agrupación de dueños de camiones, liderada por León Vilarín, declarara un paro en octubre de 1972, al que se unieron otros gremios.



          Para solucionar el conflicto, el gobierno de Allende nombró, a principios de noviembre de 1972, como ministro del Interior al comandante en jefe del Ejército, Carlos Prats, y a otros militares en su gabinete.
          Política social y tensión creciente


          A pesar de los graves problemas de gobernabilidad del período de Allende, hubo algunas iniciativas positivas, como en salud, área a la que se le destinaron recursos para adquirir equipamiento y construir infraestructura. Dentro de este ámbito se implementó el programa alimentario, que significó entregar medio litro gratis de leche diario a cada niño, con una cobertura de cerca de un 80 por ciento.
          Sin embargo, en 1973, las dificultades se acentuaron. El Congreso vetaba los proyectos del Ejecutivo y este optaba por los decretos de insistencia, generando conflictos entre ambos poderes. Por su parte, los tribunales no podían hacer cumplir la ley, ya que el gobierno le negaba la ayuda de los Carabineros.
          Lo más grave ocurrió el 29 de junio, cuando el Regimiento de Blindados (tanques) Nº 2, al mando del coronel Roberto Souper, rodeó el Palacio de la Moneda, en un fallido intento de golpe de Estado.


          El Caída de Allende






El año de 1973 comienza en Chile con un anuncio de medidas “de economía de guerra”. El 10 de enero de 1973, Fernando Flores, Ministro de Hacienda, declara que para combatir la inflación y el mercado negro se pondrá en marcha un sistema de racionamiento para una treintena de productos de primera necesidad. En el JAP (Comité de Suministros y Precios) se pensaba en la posibilidad de organizar, por barrios, la distribución de estos productos con la ayuda de las amas de casa y los trabajadores del barrio. El Ministro, al denunciar el contrabando como una consecuencia de la “especulación deliberada”, puso el dedo en la llaga sobre el fenómeno que apareció y se agudizó con las huelgas de transportistas y comerciantes de octubre de 1972, a saber, el almacenamiento clandestino con el fin de provocar una escasez artificial a pesar de que la producción de artículos, como la leche, la margarina, las pastas, incluso los neumáticos habían pasado de un 26% a un 38% entre 1971 y 1972. se trata, decía Flores, de una “estrategia electoral” destinada a socavar la imagen del gobierno con miras a las elecciones de marzo de 1973.

El país, a principios de año y a pesar de estar en época estival, estaba sumido en una gran actividad política, pensando en las próximas elecciones parlamentarias, por qué si la oposición a Allende conseguía reunir dos tercios del total de los escaños del Congreso, podría entonces destituir legalmente al jefe de Estado.

Como ocurre siempre en Chile, las elecciones del 4 de marzo de 1973 se efectuaron en la mayor tranquilidad y la CODE (Confederación Democrática, conformado por el Partido Nacional Y la Democracia Cristiana) y la Unidad Popular se consideraron vencedoras: la primera porque obtuvo una fuerte y poderosa mayoría (57%), y el bando oficialista (43%), lo considero como una victoria Pues la CODE no logró los dos tercios y Allende podría seguir gobernando aunque con un parlamento adverso, pero sin el temor de una acusación constitucional que terminara con su administración.

Las elecciones tuvieron un carácter de clase innegable y quedó muy en claro que los que votaron por la UP, lo hicieron a favor de un cierto tipo de régimen que concedía a las masas una participación que hasta ese período, se les había negado.

Realizadas las elecciones, los militares renunciaron al gabinete. Las manifestaciones populares siguieron en aumento. Distintos colegios -Abogados, Médicos, Profesores, entre otros- se declararon en huelga, a los que se les sumaron los trabajadores del mineral de cobre El Teniente que mantuvieron la producción paralizada por más de 70 días.

La huelga del cobre se inició en abril de 1973, específicamente el día 17, a causa de una disputa por mejoramientos saláriales en el mineral de El Teniente, esta situación tuvo un giro nuevo y funesto para el manejo popular, el proletariado se había sumado a las protestas contra el gobierno. Con los mineros se consiguió una rápida solución, sin embargo, los empleados se negaron a acatarla. Más aun cuando algunos de ellos señalaban su intención de volver al trabajo, comenzaba la violencia terrorista. Se ocuparon carreteras que llevaban a la mina y se atentaron contra buses que transportaban el personal al yacimiento.

Al cabo de un mes de paralización, una columna de mineros se dirigió en una larga peregrinación hasta Santiago. El Congreso abrió sus puertas y recibió a los obreros. Las damas de la alta sociedad organizaron ollas comunes para los agotados marchantes y los estudiantes de la Universidad Católica, en solidaridad con los huelguistas, ocupando la casa central de la sede de estudios.

El paro de los trabajadores cupríferos llegó a su fin luego de la intentona golpista del 29 de junio, curiosa coincidencia.

El 29 de junio de 1973, después de una tensa semana, una unidad de blindados o tanques de Santiago se sublevó contra el gobierno y atacó la Moneda y el ministerio de defensa, causando víctimas entre civiles y uniformados. El movimiento, cuyas finalidades eran confusas, fue dominado en la misma mañana por el general Prats y las propias fuerzas armadas. Los cordones industriales no se hicieron presentes; pero Allende, hablando por radio, llamó al pueblo a tomar las industrias y todas las empresas, las que quedaron bajo el control de la CUT. Ello elevó a 526 las fabricas a cargo de interventores. El congreso rechazó la petición de estado de sitio. Mientras tanto, para la ciudadanía se hacía evidente que el país enfrentaba el serio riesgo de un golpe de Estado.

El 25 de julio se inició un nuevo paro indefinido de la Confederación de sindicatos de Dueños de Camiones de Chile, que inmovilizó económicamente al país, lo que se sumó a la creciente polarización y radicalización de la vida nacional, haciendo temer el estallido de conflictos más graves.

El cardenal Raúl Silva Henríquez intentó sin éxito, lograr un entendimiento entre la Democracia Cristiana y el gobierno para calmar de los ánimos. Patricio Aylwin, dirigente de la DC, rechazó la propuesta de Salvador Allende de crear un gabinete que satisficiera a su propio partido, por considerarla una maniobra que dilataría las conversaciones. Por su parte, la propuesta de Aylwin también fue rechazada por la UP, ya que implicaba la sumisión del presidente de la República a la comandancia en jefe de las Fuerzas Armadas.

Como una "última oportunidad" Allende organizó un gabinete formado por personemos del gobierno, los tres comandantes en jefe de las fuerzas armadas y el director general del cuerpo de carabineros, ministro de defensa fue el general Prats.

Pero la situación se hizo cada vez más tensa y con intervalo de pocos días hubieron de retirarse los ministros que pertenecían a las fuerzas armadas. La verdad es que desde tiempo atrás se acusaba a Prats de demostrarse demasiado inclinado a la UP.

El presidente, para seguir ganando tiempo, creyó posible continuar el diálogo con la DC. Para ello organizó un nuevo gabinete, que iba a ser el último de su accidentado gobierno.

Pero el desabastecimiento, las colas y el mercado negro no eran terreno propicio para solucionar los numerosos problemas que se habían ido acumulando. El costo de la vida subió en menos de tres años en 705%; se calculaba una inflación del 500% para el año 73; se emitía dinero en cantidades fabulosas, principalmente para cubrir el déficit que dejaba la mala administración de las empresas del área social.

El 23 de agosto de 1973, el comandante en jefe del Ejército, General Carlos Prats, conocido por su lealtad constitucional, presentó su renuncia, agobiado por las presiones de aquellos que querían ver a los militares comprometidos en una acción que pusiera fin al gobierno de Allende.

Un extraño suceso motiva su renuncia. Mientras esta detenido en una luz roja, el General observa a una persona que, desde un auto vecino, le hace muecas (le saca la lengua). Abriendo la ventanilla, Prats toma su revolver y dispara un tiro hacia el guardabarros delantero. No tarde en descubrir que su adversario es una mujer. Da las explicaciones del caso, pero en ese mismo momento aparece una nube de fotógrafos y cientos de transeúntes que lo insultan soezmente, el General debe escapar en un taxi, puesto que la turba, iracunda, le ha desinflado los neumáticos de su vehículo. A la humillación sigue la dimisión.

Tanto el Presidente, como el comandante saliente, concordaron, para sucederle, en un hombre cuya lealtad no les merecía dudas, el General Augusto Pinochet Ugarte. A ambos les pareció que él podía asumir la grave responsabilidad de dirigir al Ejercito Chileno en la senda constitucionalista, como es sabido, se equivocaron en su apreciación del hombre: ambos serían traicionados al cabo de unos días.

Un complot golpista entre civiles y militares venía desarrollándose desde hacia tiempo, con gran urgencia. Liderado por el almirante José Toribio Merino, el general de la Fuerza Aérea Gustavo Leihg y por el general de Carabineros, César Mendoza, precisaba de la participación del comandante en jefe del Ejército, la rama principal de las Fuerzas Armadas. Si bien los insurrectos contaban con el apoyo de varios generales de Ejército, necesitaban asegurarse de la participación del comandante en jefe, pues de lo contrario arriesgaban el peligro de un posible quiebre entre las fuerzas militares, el que inevitablemente conduciría a una guerra civil. Según versiones fidedignas, el general Pinochet se sumó al golpe a escasos días de su realización. La fecha fue fijada para el martes 11 de septiembre, día en que el Presidente Allende anunciaría, según fuentes cercanas a él, la convocatoria a un plebiscito que permitiera una salida política al impasse en que se encontraba el gobierno. El llamado nunca llegó a concretarse.

En la madrugada de ese martes 11, los barcos de la Armada retornaron a Valparaíso y ocuparon la ciudad. Rápidamente, y tal como estaba planificado, el movimiento se coordinó con las fuerzas militares en la capital. Pese a que todos conocían los rumores que vaticinaban la preparación de un golpe, lo cierto es que su consumación, fue vivida por la gran mayoría con gran asombro.

Los primeros indicios fueron conocidos por el país a través de emisiones radiales. Las emisoras partidarias del gobierno alcanzaron a transmitir los mensajes del Presidente Allende, concitando el desconcierto de sus seguidores, quienes, a pesar de los presuntos preparativos para la revolución, no estaban en condiciones de resistir, ni con movilización de masas, ni con fuerza militar. Si bien no faltaron los que, en medio del toque de queda que se impuso a la población civil, se congregaron en familia, en torno a un brindis con champagne para celebrar el derrocamiento del régimen, el estupor paralizó a gran parte de los Chilenos, mientras otros eran presa de la impotencia y del terror. Las radios de oposición, desde muy temprano difundieron, con sones marciales de fondo, instrucciones y bandos militares en los que se exhortaba a la población a obedecer las órdenes de quienes se habían tomado el poder. Los bandos militares dieron a conocer listas de nombres de dirigentes de la Unidad Popular que debían presentarse en el Ministerio de Defensa.

El golpe se desarrolló con dramática espectacularidad. Se creyó que era necesario provocar un impacto tal que diluyera las apasionadas lealtades con que contaba el gobierno, de manera de paralizar toda reacción por parte de sus seguidores, y evitar, así, un enfrentamiento prolongado en el tiempo.

Las movilización de tropas en el puerto de Valparaíso fueron conocidas en la misma madrugada de ese día por Allende, el Presidente se dirigió raudamente al palacio de La Moneda acompañado de su escolta. La desinformación en torno a la magnitud del movimiento golpista llevó a frecuentes equívocos. En el palacio presidencial no se tenía certeza de cuales eran las fuerzas leales al gobierno, y quienes serían los generales involucrados en el alzamiento. Incluso algunos de los colaboradores más cercanos del Salvador Allende relatan la inquietud del Presidente sobre la suerte que podría estar corriendo el comandante en jefe del Ejército, preguntando en varias ocasiones “¿ Que será del pobre Augusto?”. Por su parte, las fuerzas sublevadas también se encontraban en la incertidumbre. Elocuente resulta el que las tropas que participaron en el golpe utilizaran un distintivo -una especie de pañuelo anaranjado en el cuello-, a fin de reconocer a aquellos militares que resistieran el alzamiento. Era tal el ambiente de desconfianza, alimentado por los incendiarios discursos de los sectores más extremos de la izquierda sobre la existencia de grupos civiles armados y su infiltración en las filas militares, que se esperaba una gran resistencia de parte de los militantes que apoyaban al gobierno. Pero ésta fue sorprendentemente débil, incluso en los cordones industriales. Salvo algunos francotiradores apostados en los edificios aledaños al palacio de La Moneda y a la acción de los GAP (Grupo de Amigos del Presidente), quienes se enfrentaron con las fuerzas alzadas, la resistencia fue casi nula, contrastando con la feroz y violenta ofensiva de los atacantes golpistas.

Tras algunas comunicaciones telefónicas con los generales que lideraban el golpe, el Presidente Allende decidió permanecer en el palacio presidencial: “Un Presidente de Chile no se rinde”, les hizo saber a los militares; era él quien encarnaba la legitimidad constitucional y quien contaba con el respaldo de casi la mitad del electorado.

Justo a las 10 de la mañana del día 11, los tanques que rodeaban La Moneda, comienzan a disparar contra el palacio, los cañonazos hacen tambalear las paredes y los techos. Desde dentro del edificio gubernativo, algunos defensores responden lanzando, con poca eficacia, disparos de bazucas.
Al medio día comienza el bombardeo aéreo, el vuelo rasante de los hawker-hunter ya no tenia como objetivo atemorizar, sino algo muchísimo más claro, atacar.

Los primeros cohetes destrozan el techo de la sala del consejo, produciéndose un incendio que se propagó a las salas colindantes. Después de la segunda pasada de los cazas, una columna de humo negro, visible a gran distancia, se eleva en el cielo gris de finales de invierno en Santiago, muchos ven esto como un símbolo, el fin del sueño de la Unidad Popular.

Pasado el medio día, el Presidente Allende puso fin a su vida. El impacto y el asombro nacional fueron infinitos, volcándose en una fuente de ayuda y solidaridad casi inmediata con quienes empezaban a ser perseguidos por la dictadura que se empezaba a implantar.

El golpe fue certero. Ya no bastaba con rodear de tanques el edificio presidencial, como había sucedido en ocasiones anteriores, ni ocupar militarmente las principales ciudades del país; ahora se buscaba destruir la viga central que sostenía el andamiaje institucional Chileno que había hecho posible el acceso al poder de los representantes de vastos sectores de la población, antes excluidos, implantándose un orden evocador de las imágenes del “mundo al revés”. Pensaron que era necesario detener el carnaval desatado, con su secuela de inseguridad y subversión del orden establecido. La imagen de los hawker-hunter sobrevolando la capital tuvo ese efecto disuasivo. El ataque desde el aire ponía a los agresores en una situación de superioridad difícil de contrarrestar. Los objetivos fueron pocos, pero efectivos: la casa del Presidente de la República y el palacio de La Moneda. Se anunciaba así la inauguración de una nueva época, la instauración de una nueva revolución, la que en calidad de tal, supuso un giro completo y demoledor del orden preexistente. El mensaje fue claro: la destrucción y posterior clausura de la puerta de Morande 80, por la que tradicionalmente ingresaban los Presidentes de la República al palacio de gobierno, constituyó un verdadero símbolo; tras ella se cerraban todas las puertas ayer abiertas a la movilización de los nuevos actores sociales, los que a su paso habían echado por tierra las barreras del orden estatuido. Desde ese martes 11, la reclusión en los hogares, campos de concentración y cárceles, con miras a despejar de marchas y mítines multitudinarios tanto en la calle como en los espacios de encuentro comunitario, impondrían su sello. En ocasiones anteriores, el país había asistido a excesos y abusos provenientes de diversos sectores, pero no conocía nada parecido al terrorismo de Estado sostenido en el tiempo, practicados con tales grados de violencia y crueldad.

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